Justo el primer día que se fijó en él, Rebeca, pensó ¡mmmm! qué gusto sentir que un chico tan guapo se fijara en ella. Su cara no le era desconocida, lo había visto anteriormente en la urbanización, siempre le había parecido muy atractivo, aunque a ella no le gustaban los chicos demasiado llamativos. Pero eran su cara, su cuerpo esculpido y sus ojos de deseo los que la hipnotizaron para siempre.
Rebeca poseía miedo escénico, terror de ser observada y mucho más por alguien tan superior.
No pudo aguantar más tiempo, sabía que él la contemplaba, su mirada se clavaba en su piel, corrió hacia su toalla y se cubrió. A los pocos minutos abandonó la piscina.
Los latidos de su corazón se aceleraron de tal manera que era capaz de escucharlos, llegó a su casa, con la cara perdida y el recuerdo placentero de ser deseada.
· Hola
· Hola
· Te has dejado las luces del coche encendidas
· No… no… están apagadas… Es que tardan un poco en apagarse
· ¿Subes al mío?
· Vale
Marcha atrás en los pensamientos, no hubo propuesta de subir al vehículo, ¡¡¡¡mmmm!!!! Suspiraba Rebeca, era la primera vez que hablaba con él.
· Ah, vale
· Gracias de todos modos
· Hasta luego
· Hasta luego
¡Qué guapo! ¡Que ser tan perfecto! Pensaba Rebeca.
Cada vez que Rebeca recordaba la conversación con el sexy desconocido, mil hormigas le cosquilleaban el estómago.
Lo había visto anteriormente pero se fijó por primera vez en él el verano pasado, en la piscina, mientras sentía la presión en todo su cuerpo de una mirada penetrante.
Día tras día, ese deseo de ser observada se acrecentaba, tanto, hasta llegar a ser imprescindible en su vida.
Compartían la misma atmósfera, pero nunca se dirigían saludo alguno, ninguna palabra, tan sólo cruces de miradas, miradas de deseo por parte de él y miradas de control por parte de ella.
Rebeca se había enamorado perdidamente de aquel desconocido.
